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Cabo Trafalgar

29.10.2004
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El libro.

21 de octubre de 1805. Hace 199 años de la histórica batalla de Trafalgar, que enfrentó a la armada combinada hispano-francesa con la británica, mandada por el almirante Nelson, en las aguas españolas del cabo gaditano de Trafalgar, en el último gran combate naval a vela. Cambió la historia del mundo al ser la mayor derrota naval de Napoleón Bonaparte.

Arturo Perez-Reverte ha publicado recientemente ‘Cabo de Trafalgar (Un relato naval)’, que relata lo sucedido en aquella batalla, combinando el rigor histórico y una acción espectacular, unida a la ya conocida habilidad narrativa del autor, tratando que el léxico naval empleado no constituya un obstáculo para la lectura. Hasta se incluyen dibujos de un navío de 74 cañones visto desde distintos ángulos y con los nombres de sus elementos principales.
Da cuatro puntos de vista de la batalla. Un capitán francés que manda una balandra de señales y ve la batalla prácticamente desde fuera; en el navío protagonista de la novela, el comandante, para dar la visión de conjunto, elevada de la batalla; un guardiamarina, para ofrecer la visión media, del joven en combate; y un marinero de la chusma, reclutado a la fuerza, que no se entera de nada más que de los cañonazos que están disparando.

Tras la confrontación la mar arrastró hasta la playa a algunos de los heridos y víctimas de la batalla. Lo cuenta Pérez-Reverte, una de las personas que seguramente saben más sobre lo que ocurrió ese día. Sus conocimientos de historia, el hecho de ser marino y el ser reportero de guerra en muchos de los últimos conflictos (Beirut, Sarajevo y Etiopía) jugaron a su favor cuando empezó a redactar la novela, para la que, por otro lado, llevaba años documentándose. De los 15.000 libros que se cuentan en su biblioteca, 3.000 se refieren a temas náuticos y cerca de 200 a Trafalgar.

Ni una placa, ni una mención. Arturo Pérez-Reverte lamentaba, frente al escenario donde se produjo la batalla, cómo se ha borrado de la memoria de España un acontecimiento en el que murieron cerca de 4.000 personas.
Su nueva novela (va ya por la 4ª edición), reflexiona sobre lo que supuso este suceso en nuestro país. Salva a los marineros y a la tripulación, pero culpa a los políticos que hicieron posible aquel desastre. Y pone de manifiesto todo lo malo de este país, de entonces, y de este momento. La gente (viudas, huérfanos, lisiados) quedó en la miseria. Los dejaron tirados. Qué desgracia de país.

‘Carne de cañón’ es el capítulo que desvela cómo lucharon todos aquellos marineros de los que hoy nadie parece acordarse. “La historia no da un duro ni votos”. El autor se sigue despachando.
“Godoy, un político miserable y servil, manda a la muerte a un montón de hombres que no tienen nada que ver con él para complacer a Napoleón. Eso es tan español que da asco reconocerlo. Pero Trafalgar también demuestra que la dignidad no la tienen los gobiernos, sino los pueblos. Incluso con políticos indignos y canallas hay pueblos que dan lecciones de dignidad. Eso ocurrió en el 11-M y ha ocurrido un montón de veces, como en Trafalgar. Esa gente que ha subido a los barcos sin tener experiencia, reclutada en las tabernas, en las cárceles y en los hospitales como carne de cañón, luego pelea con una habilidad y un coraje increíbles.”

“Cuando miras los documentos y estudias la batalla ves que varios barcos franceses no pelearon, porque se largaron sin combatir, y que un par de barcos españoles y alguno más francés apenas combatieron. Basta comparar los 487 muertos del barco francés Redoutable, el que se enfrenta con el Victory, o los 100 muertos que tiene a bordo el San Juan Nepomuceno, que manda Churruca, con los 7 heridos que tiene el San Justo, que manda el capitán de navío Gastón. Hubo leña para todos, y el que no tuvo leña fue porque no quiso. Aunque la mayoría de los españoles se batió con una bravura increíble.”
Nota: Parece que 4 ò 5 barcos franceses llegaban tarde a la batalla y viendo que el tinglado había empezado ya, en vez de entrar en combate, se dieron la vuelta y a casita.

“Al final, sólo se recuerdan los nombres de los generales, y la pobre gente, la que hace el trabajo sucio, no figura en ninguna parte. Muchos de los supervivientes murieron en la miseria y ni siquiera se les abonaron las pagas adeudadas”. Así fueron los héroes. Las tripulaciones fueron puestas en los barcos a la fuerza, pero pelearon hasta la muerte. “El héroe es una mezcla de dignidad y cabreo. Supongo que antes de morir se hicieron una reflexión: ‘No vamos a dejar que nos maten gratis'”,
“En Trafalgar perdimos la flota, el dominio del mar y América, y a cambio los ingleses siguieron dominando el mundo durante 150 años más”
“Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos, y olvidar eso es caer en los mismos errores. No estoy hablando de celebraciones, las derrotas no se celebran, pero sí es necesario que se recuerden y se reflexione sobre lo sucedido en el pasado”.

Muestra con rigor y crudeza las muchas sombras y las tenues luces de uno de los episodios más vergonzosos de la historia española. Todo lo malo que refleja sigue vigente, empezando por la corrupción de los políticos y acabando, como siempre, con el pueblo convertido en carne de cañón. Pérez-Reverte puso como ejemplo el 11-M, donde nuevamente la gente dio una lección de dignidad frente al absentismo de los políticos. Su idea es que hechos como ése y otros igualmente trágicos podrían evitarse.

El capitán de navío don Carlos de la Rocha y Oquendo. Comandante del navío de línea de 74 cañones Antilla, es justo, seco e inflexible. A bordo, es Dios. 52 años de vida y 38 de mar a las espaldas: «Tenemos un rey abúlico e incapaz, una reina más puta que María Martillo, y su amante, Godoy, príncipe de la Paz, el niño bonito de Madrid, el héroe de la guerra de las Naranjas, jefe máximo de las fuerzas navales y de las otras, lamiéndole un día sí y otro también el ciruelo a Napoleón con los tratados de San Ildefonso».
Muestra una España vieja y maltratada, corrupta e inepta, en decadencia imparable. España es una potencia naval venida a menos: cuenta con los mejores navíos del mundo, pero tiene que salir a la mar con oficiales expertos pero desmotivados y con marineros esclavizados, reclutados a la fuerza en Cádiz y sus alrededores. Además, la flota española, que dirige el almirante Gravina -«un tiñalpa cortesano, un político antes que un marino, que va a llenar España de viudas y de huérfanos»-, debe obedecer las órdenes del indeciso e incapaz almirante francés Villeneuve.

Los amantes del mar y de la historia naval están de enhorabuena. Pérez-Reverte reconstruye con precisión la batalla. Expone las sorprendentes tácticas de Nelson y las erróneas decisiones de Villeneuve. Muestra cómo “un buque de guerra es una máquina compleja, un taller flotante hecho para luchar, sujeto a reglamentos y a ordenanzas, donde los hombres trabajan y mueren como autómatas sin otra responsabilidad que la lealtad y la competencia”.

Los barcos eligen entre la disciplina y la conciencia, entre la indecisión y la cobardía, los mandos españoles salvar la honorabilidad, a falta de otra cosa. El honor se calcula en arrobas de sangre. Vemos cómo luchan y cómo mueren los marinos españoles, como los camaradas caen al lado gritando su estupor, su locura y su rabia. Vemos que, cuando uno muere cumpliendo con su obligación, no se equivoca nunca.

Le iba a costar muy caro a España, mucho más caro que a Francia. Nelson, con un final de héroe a la antigua, ofreció a Inglaterra el dominio del mar hasta la II Guerra Mundial en una batalla desigual, donde tuvo más importancia la suma de audacia y estrategia que el número de barcos que tenía…

Sigue el orden lineal de los hechos. En una “Nota del autor” se garantiza la veracidad histórica de lo que se cuenta, salvo en la invención del navío Antilla, desde el cual se observa y se narra la evolución del combate. Como en otras novelas, Pérez-Reverte, defiende el valor de unos marinos españoles abandonados a su aciago destino. La crítica más feroz se concentra en Godoy, responsable del estado comatoso de España por inutilidad del rey, y en el necio almirante Villeneuve. En su afán de objetividad, también critíca al prestigioso almirante Gravina, por sus “buenas maneras” en el seguimiento de los deseos de Godoy. Todo se cuenta con una prosa muy cuidada en su factura clásica, su riqueza léxica y su fluidez narrativa, metiendo modismos populares (“meter la gamba”) y juegos con frases hechas (“poner velas en polvorosa”). En su libertad creadora: “cantan La Traviata (cosa singular, ya que a estas alturas La traviata todavía no la ha compuesto nadie”, pág. 140). Y su capricho por ganas de incordiar, como en esta referencia a “las coplas de Rocío Jurado (esa niña joven de Chipiona que empieza a cantar”, pág. 236).

¿Falta la batalla verdad? :) ah, sí, ese es otro capítulo…….

Salu2.

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4 comentarios leave one →
  1. 30.10.2004 03:55

    Caramba… suena entretenido, voy a tener que añadirlo a mi “lista de espera”… :-)

  2. Jesus permalink
    05.11.2004 07:05

    Sí, añadido a la lista… Por cierto, si no tengo lista… a ver si saco tiempo para crearla de nuevo…

  3. jorge permalink
    06.05.2005 14:35

    el libro esta mu bien y es para todos los publicos

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  1. Sueños transitables» Blog Archive » Cabo Trafalgar, el libro

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