Ya estoy de vuelta. Creo.
Algunos viven en el mundo asustados, otros, le dan la espalda al miedo. Creamos rutas de evacuación, para evitar morir por culpa de esas lágrimas gigantes que se nos vienen encima, en las que ahogamos el dolor que carcome nuestras entrañas. Son, terremotos del alma.
Un barco. Navegar, alejado de la costa. Silencio. Sólo roto por el suave murmullo del bote a la deriva, crujidos leves sobre el mar en calma.
Descalzos, así teníamos que entrar en los templos, cuando estuvimos en Tailandia.